La plusvalía del “trasero”
Totalmente convencional: al Norte del Ecuador pronto llegará el cambio de estación, al Sur igual pero a la inversa. Comenzará a mostrarse allí un sol que aquí ya va despidiéndose. Pasaje climático que cubre o pone al desnudo porciones del cuerpo humano, con un sector anatómico que gana espacio en los medios masivos. Se trata de la “anoexposición” expandiéndose como “herramienta” de marketing útil al posicionamiento de infinidad de marcas. También para la autocomercialización.
La noticia
Omar Acha es Historiador y docente en la Universidad de Buenos Aires (*) y ha publicado más de una cosa interesante. Rescato lo que apareció en el diario Página/12 de la Argentina. “la preferencia de las colas en las imágenes se transforma muy rápidamente. Por ejemplo, son un fenómeno estacional, como en el lema ‘las colas del verano’. Y no tanto por una suerte de deseo masculino o femenino por mirarlas, sino por las estrategias de promoción mediática”.
Pero claro, estimo que sin duda existe un trasfondo “económico” en este “asuntillo”. Acha es clarísimo: “Si hoy el tema está tan presente es porque esta sociedad también hace del cuerpo una mercancía, que exhibe, vende y transforma. El ‘trasero’ no podía estar exento de la fuerza del capital”.

Conclusión
“Es culpa de las mujeres, les gusta, se prestan al uso”, suelen decir los hombres. Ellas sostienen que son “mal usadas”. Pavadas, digo yo. Ambos analizan la situación desde fuera del conflicto real y con una perversa subjetividad. Cada trasero puede ser homo, hetero, bisexual o lésbico sin que altere la cuestión fundamental; igual será la posible condición sexual de elección de quien, con o sin consentimiento, lo explote. Ocurre que estamos crecientemente “manufacturizados” y puestos en circulación –por otros y por nosotros mismos- como objetos. Zygmunt Bauman dice:
“Los colegiales y colegialas que exponen con avidez y entusiasmo sus atributos con la esperanza de llamar la atención y quizás ganar algo de ese reconocimiento y esa aprobación que les permitiría seguir en el juego de la socialización; los clientes potenciales que necesitan expandir su nivel de gastos y límite crediticio para ganarse el derecho a un mejor servicio; los futuros inmigrantes que se esmeran en conseguir pruebas de que son útiles y necesarios para que sus postulaciones sean consideradas: estas tres categorías de personas, en apariencia tan distintas, son instadas, empujadas u obligadas a promocionar un producto deseable y atractivo, y por lo tanto hacen todo lo que pueden, empleando todas las armas que encuentran a su alcance, para acrecentar el valor de mercado de lo que tienen para vender. Y el producto que están dispuestos a promocionar y poner en venta en el mercado no es otra cosa que ellos mismos”. (**)
Se impone entonces tomar conciencia de quién usufructúa la plusvalía de la puesta en circulación de nuestras proyecciones gráficas, multimediáticas u online. Sin duda cada cual puede hacer de su traste un dinerillo; la cosa se agrava, se pervierte, si la desujetivación se extiende y “el valor comercial del traste” es lo único que finalmente queda a cada cual. Podría afirmar que hacia allí nos dirigimos, por más temerario que parezca.
Pero atención. Cuidado con aquellos que rápidamente pretendan una intervención política sobre el tema, o la “judicialización” del mismo. La sociedad y cada individuo son responsables del cuidado de lo propio, incluida la “plusvalía intelectual y física”.
Sobre este último punto seguramente Marx estaría en desacuerdo.
Ricardo Duró
Periodista y ensayista
(*) Investigador del Conicet y autor del libro El sexo de la historia.
(**) Vida de consumo (Fondo de Cultura Económica).


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