La irrupción de los no- medios

Arturo 4 junio, 2010 0


Es usual escuchar que la irrupción de Internet ha causado grandes transformaciones en la manera en que las personas se relacionan, comunican y viven. Sin embargo, ante esa generalidad expresada cotidianamente, cabe preguntarse cuál es el alcance real que esta tecnología y sus derivados tienen en nuestra sociedad.

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No se trata de moralizar; más que decir: “antes era mejor”, de momento es preciso reconocer que efectivamente ha habido cambios drásticos, catalizados por las nuevas tecnologías de la información. ¿Cuánto tiempo tardamos en enterarnos de que una nube de ceniza obstruye el tráfico aéreo europeo, de que el suelo chileno se sacude, de la última ofensiva bélica en Oriente? Tan sólo el hecho de constatar con qué rapidez e inmediatez contamos con un cúmulo de informaciones en todo momento y de cualquier lugar del planeta, debería acercarnos a reconocer algunos cambios.

El periodismo profesional, si denominamos así a la actividad formal de la clásica búsqueda de la noticia, hoy no es sino una más entre las múltiples manifestaciones que tienen por objeto poner en conocimiento público los últimos hechos acaecidos. El mundo está plagado de informantes furtivos, discretos, que se confunden con la masa aparentemente indiferente que transita por los metros, plazas y calles de nuestras ciudades. Una cámara de teléfono móvil es todo lo necesario: Youtube, foros y páginas virtuales se encargarán de dar la mayor y más pronta difusión a la escena registrada.

No sólo se percibe un cambio cuantitativo en cuanto a las fuentes informativas, sino también cualitativo; es claro que los nuevos informantes hacen uso de un estilo mucho menos “profesional” que el de los periodistas, mucho más directo y coloquial; pero esto, lejos de restarle validez o credibilidad, al parecer opera de modo absolutamente contrario. La condición de “prohibido” de determinados videos o imágenes, registrados de forma secreta, crea una sensación generalizada de acceso no mediado: ahí está el hecho (la noticia misma: Fulano mató a Perengano; apenas una leyenda, apenas unos tags bajo el video que muestra la escena) y ahí está el receptor. ¿Y dónde queda el emisor? De hecho se confunde ahora con su propio destinatario.

La distancia cada vez más exigua entre el emisor y el receptor constituye un instrumento de participación global que no tiene parangón y que los medios de comunicación tradicionales jamás creyeron poder alcanzar. Pues se ha ido nublando ese tabique aparentemente infranqueable entre quien informa y aquel que es informado. La oficialidad de las noticias, que era antaño determinada por su transmisión televisiva o impresa, ahora proviene de cuán fidedigna sea la fuente que la difunde (el testigo que filmó, la mujer que tomó la fotografía, tal persona captada accidentalmente en el registro, etcétera); ese sello de oficialidad dado por la prensa, de carácter exógeno, al parecer es menos precioso que el hecho considerado en sí mismo, sin selecciones ni recortes que pudieren llegar a ser- para una sociedad progresivamente paranoica y dada a creer en conspiraciones supranacionales- una manifestación de censura.

Pero no sólo las noticias aumentan en cantidad y diversidad de fuentes, sino también y principalmente las opiniones. Dos personas con acceso a Internet , cada una desde cualquier país, pueden discutir sobre la política exterior de Washington, el último libro de Dan Brown o la fiesta de cumpleaños de Paris Hilton. ¿Emisor y receptor? Ambas posiciones cambian permanentemente, mientras el mensaje establecido entre ellos aumenta, muta, se robustece, agoniza. Aunque nunca perece.

La no- medialidad de Internet y sus tecnologías adjuntas, sin embargo, encierra una paradoja al parecer insoluble: la identidad de los usuarios. De quién recibimos o a quién comunicamos realmente la información parece más irrelevante que el hecho o la opinión mismos. Que el sistema sea automático quiere decir que ya no importa si la noticia viene de Pedro José Armando Flores Hidalgo, o de Falometro. El jugar a ser otro en Internet, el poder multiplicarse en cientos o miles de seres de suyo inexistentes, ha abierto la puerta a un cúmulo de informantes que con nombre y domicilio públicos jamás darían a conocer nada de sí mismos ni a través de ellos. Así, se interpongan o no elementos entre el emisor y el receptor ajenos a la información misma, el aumento del anonimato de ciertas fuentes y de seres ficticios crea nuevas interrogantes en cuanto al carácter fidedigno de ésta.

No sabemos bien cuánto influirán estos cambios en la sociedad. Hace falta todavía tiempo para evaluar cómo esta mitosis virtual y su pluralidad de voces borrosas irán articulando nuevos esquemas en el ámbito de las comunicaciones humanas.